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Actualidad | 13 OCT 2016

El sabor de la tierra amarilla (apuntes de un futbolista poeta)

La Universidad de Salamanca nos cuenta en esta ocasión en su blog la curiosa historia de Fede Bilbao, jugador del Athletic en los años 50 que destacó tanto en los terrenos de juego como en el ámbito de la poesía.

Quiero comerme libros como Unamuno 

Quiero comer los libros, uno a uno,
cual fueran encerados de jalea.
Quiero mi nuevo ser así los vea,
siguiendo directrices de Unamuno.


Quiero las letras tintas color bruno
se vuelvan rojo vivo en viva tea.
Con sangre iluminada yo los vea.
Viva su majestad. No sienta ayuno
 

Quiero comer los libros. Digerirlos.
Volver lo negro blanco –al descubierto-.
Hallar letra cursiva de lo oculto.
 

Quiero comer los libros. Dirigirlos
a un fuego hecho con sangre en campo abierto.
Como Unamuno hizo, siempre culto.
 

Quien escribió este pulcro soneto, perteneciente a la obra inédita Cuarenta y cuatro sonetos para treinta retratos de Unamuno, es Federico Bilbao Solozábal (Getxo, 6 de enero de 1935), autor de nueve libros de poesía, con los que ha ganado varios premios en su tierra. En sus cajones, dice, guarda muchos poemas, un par de novelas de juventud, algunos cuentos y hasta un guion cinematográfico. Guarda también el olor de la hierba del antiguo San Mamés, el rugido de la grada y el asombro de la primera vez que, como en un sanctasanctórum,  entró lenta y respetuosamente en el vestuario. Y al fondo, en una carpeta que no quiere abrir, guarda también el dolor, las lágrimas y la rabia de una joven promesa del fútbol a la que, con 22 años, se le quebraron a un tiempo la tibia, el  peroné y una prometedora carrera.  Así lo cuenta en un texto que se quedó para él y que, con metáfora triste y acerba, tituló El sabor de la tierra amarilla: "caes a la arena sabiendo que ahí acaba tu futuro futbolístico". A la arena, sí, como un  gladiador abatido. 

Y es que Fede Bilbao decidió quedarse en el Athletic Club, en su casa, a pesar de haber recibido ofertas del Real Madrid y del Barcelona. Con dieciocho años se había incorporado al primer equipo, donde convivía con quienes habían sido sus ídolos, ya cumplidamente por encima de la treintena: Arteche, Carmelo, Mauri, Maguregui…

Cuentan quienes lo vieron que su velocidad le permitía ocupar todas las posiciones de banda: extremo, interior y lateral. Hoy pocos recuerdan que en la temporada 1955-56, en esa Liga que gano el Athletic,  marcó seis goles en los doce partidos que jugó. 

Dice el futbolista poeta que por aquel entonces ya escribía relatos, aunque ocultaba sus apegos literarios a sus compañeros, a sus amigos y a su familia porque tenía miedo de que pensaran que era "un bicho raro"

Dice el futbolista poeta que, arrastrado por una de las muchas galernas de la vida, arribó a la playa de la poesía (como tantos otros) tras haber leído a Antonio Machado. Fue en Madrid, adonde se había trasladado para intentar entrar en el veleidoso mundillo literario y publicar alguna de sus novelas, cuando la dueña de la pensión en la que se alojaba le regaló un libro del poeta sevillano. Y dice que fueron estos versos los que hicieron que de su alma empezara a brotar un venero que acabaría convirtiéndose en torrente. 

Anoche cuando dormía
Soñé, ¡bendita ilusión!, 
que una fontana fluía
dentro de mi corazón. 

Dice el futbolista poeta, y convendría que hiciéramos nuestras sus palabras, que "de vez en cuando hay que leer a los grandes poetas para lavar el alma".  

Dice el futbolista poeta que para escribir poesía "hay que saber esperar". Como para ser futbolista.

 

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